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La Felicidad de la Visión Interior

por Ayya Khema

La visión interior según la terminología buddhista siempre se dirige hacia la impermanencia, la insatisfacción y la no entidad, hacia una de estas o hacia las tres. Si vemos claramente una de estas tres características, las conocemos todas porque están totalmente conectadas entre sí.

La felicidad y éxtasis de la visión interior total supone que nos hemos deshecho de la carga de la ilusión del ego. Si podemos abandonar esto, el desahogo y la liberación son inmensos.

Ramana Maharshi, un sabio del sur de la India, comparó la ilusión del ego con gente viajando en un tren. Sube esta al tren y se queda de pie en el pasillo sujetando su equipaje, en vez de colocarlo en la rejilla y dejar que el tren lo lleve. Del mismo modo arrastramos el peso de nuestro ego sin tener necesidad de hacerlo. La ilusión del ego hace que cada cosa parezca amenazante, o que nos ataca u ocasionalmente nos defiende, difícil de controlar, un obstáculo, como una montaña que hay que escalar. Esa ilusión puede hacer que la vida nos parezca muy difícil.

Las impurezas son deseo u odio, carecer de energía o estar preocupado, ansioso, resistiéndose o defendiendo el propio punto de vista. "Mas cuando uno vive libre de opinión alguna, es virtuoso, dotado de visión interior perfecta": esta es la descripción de un arahant. Los propios puntos de vista son nuestra perdición. Desde el momento en que empezamos a defenderlos podemos estar seguros de que sólo estamos defendiendo nuestro ego. La defensa de un punto de vista es una indicación de que no está basado en la experiencia. La experiencia no necesita defensa. Las enseñanzas del Buddha son experimentales. Los puntos de vista están basados en el ego. Ninguno de ellos es una verdad absoluta.

La visión interior del constante flujo y reflujo de todos los fenómenos, incluidos nosotros mismos, nos hace comprender que no existe nada en el mundo que merezca la pena conservarse, que merezca la pena asirse a ello. La visión interior nos libera de oponernos a los puntos de vista de otra gente, lo que nos puede hacer la vida tan tremendamente difícil. La única respuesta a eso es: "¡Que vivan felices muchos años!". El apego a los propios puntos de vista sólo nos muestra que todavía no hemos comprendido la impermanencia. Cuando vemos un cambio constante en todo, de modo que no podemos decir en realidad: "Yo soy esto", entonces realizamos el primer descubrimiento en percepción profunda. ¿Cuál soy yo? ¿Soy el que está sentado aquí y que tuvo ayer una buena meditación, o el que ha tenido hoy muchas distracciones, o el que está furioso, o el que se resiste, o el que acepta y es devoto? ¿Cuál? Si soy todos esos, ¡qué conglomerado de gentes soy! Debo de ser una tribu completa en vez de uno sólo. De modo que o no soy ninguno o soy todos ellos. Hemos de elegir. Si no queremos ser ninguno es evidente que en ese caso elegimos ser todos ellos. Por tanto hemos de imaginar que hay al menos un millón de personas diferentes dentro de cada uno. No es una exageración porque en esta época de nuestras vidas debemos haber tenido un millón de diferentes ideas, sensaciones, puntos de vista, reacciones a través de los años, en esta vida solamente. Si elegimos ser todas esas personas diferentes se nos hace la vida más complicada aún que si no fuéramos ninguna de ellas. ¿Qué os parece no ser ninguna de ellas?

Esta visión interior es muy amenazante para nuestro concepto del ego. ¿Por qué es así? Porque "yo" quiero existir. ¿Para ser qué? ¿Para ser quién? ¿Para estar dónde? ¿Por qué razón? Todos son puntos de vista condicionados por nuestros procesos mentales. La felicidad que surge cuando todo eso se abandona es una felicidad que está impregnada de aceptación y paz. Nada necesita conseguirse, realizarse, cambiarse. Todo es como es.

La mente que se ha tornado concentrada, feliz y tranquila es una mente capaz de aceptar este universo que cambia continuamente y usarlo en propio beneficio. La mente que no está tranquila rechaza esta realidad sin más y dice: "Pero yo quiero ser feliz". Esta es la mente de la mayoría de la gente en el mundo. La mente que no necesita ninguna condición externa para alcanzar la felicidad es la mente que puede decir: "Esto es la liberación de todo sufrimiento. Esto es la verdadera felicidad." Esta mente ve con claridad la realidad absoluta de lo que está ocurriendo en este universo y no tiene que aferrarse a nada, no tiene que volverse nada, no tiene que ser nada. Sólo hace lo que es necesario en cada momento y luego lo olvida.

La felicidad de la visión interior no es eufórica ni jubilosa. Es una clase de felicidad que tiene como base la serenidad y como resultado una carencia de deseos, afanes y quimeras. Cuando las quimeras se han desvanecido, la mente pura y clara sólo conoce lo que es real.

Acerca de la Autora

La Venerable Khema (1923-1997) nació en Alemania en el seno de una familia judía. Aprendió la meditación buddhista en un largo viaje por Asia que emprendió junto a su esposo y su hijo a principios de los ‘60. Tras diez años de práctica comenzó a enseñar meditación por todo el mundo y, en 1978, fundó el Wat Buddha Dhamma, un monasterio Theravada cerca de Sydney, Australia. En 1979 recibió la ordenación como monja buddhista en Sri Lanka, donde más tarde estableció el International Buddhist Women’s Center y la Parappuduwa Nuns’ Island, una isla dedicada a la práctica intensiva de las mujeres y la ordenación de monjas. Fue la directora espiritual de la Buddha-Haus, en Alemania, fundada en 1989 bajo sus auspicios. En 1987 coordinó la primera conferencia internacional de monjas buddhistas en la historia del Buddhismo, cuyo resultado fue la creación de Sakyadhita, una organización mundial de mujeres buddhistas. Entre sus obras se encuentran "Being Nobody, Going Nowhere", galardonada con el Christmas Humphreys Memorial Award, "When the Iron Eagle Flies", "Who is My-Self", "Be an Island", "Visible Here and Now" y su autobiografía "I Give You My Life".

Ayya Khema, "Siendo Nadie, Yendo a Ninguna Parte"; Índigo, Barcelona, 1994.